La corrupción y sus ingredientes

A pesar de que los españoles cuentan la corrupción entre sus problemas más graves, es desconcertante el uso descuidado que se hace de esta noción. Se suele hablar de políticos corruptos aludiendo a una característica simple e individual. La verdad es que el término “corrupción” se refiere al deterioro o degradación de entidades colectivas (empresas, partidos políticos, ramas de la administración o, incluso, sociedades enteras) y, por tanto, no es un fenómeno simple, sino un proceso complejo que, claro está, se refleja en ciertos modos de conducta individual, pero no consiste específicamente en ellos. Aquí me quiero referir a cuatro rasgos que me parecen típicos (aunque, desde luego y afortunadamente, no universales) de los agentes españoles de lo público: la deshonestidad, la incompetencia, la indiferencia y el abuso de poder.

DESHONESTIDAD. La deshonestidad es el lado individual de la corrupción. La manera más útil de definirla es como una falta de compromiso con las reglas de la organización o sociedad de la que se forma parte. La deshonestidad individual puede tener consecuencias muy diversas (no es igual estafar ahorristas a escala nacional que llevarse las toallas de un hotel) pero ética y psicológicamente no tiene grados: si usted es deshonesto, da igual si hurta en tiendas de ropa o desfalca entidades bancarias; lo único que cambia es el escenario. Es absurdo pensar que el que hace pequeñas trampas no las hará más grandes cuando tenga ocasión. Como veremos a continuación, aunque la deshonestidad es la característica más visible de la corrupción, no es la única (y ni siquiera es su condición necesaria).

INCOMPETENCIA. Es frecuente que un sistema corrupto esté infestado de personal incompetente. Esto ocurre porque para quienes se benefician del sistema es importante tener cómplices leales y seguramente no es fácil encontrar gente que además de leal (y deshonesta, claro) sea profesionalmente valiosa. Por otra parte, los incapaces tienden instintivamente a compensar sus limitaciones poniéndose al servicio de los poderosos con oportunismo y adulación, haciendo también lo posible para aislar o eliminar el progreso de los competentes, dando lugar con ello a una espantosa “supervivencia del menos apto”. Los políticos hábiles saben que no se puede jugar con las gerencias vitales y tratan de mantener en sus puestos al personal imprescindible, pero los menos inteligentes no dudan en lanzarse a una invasión política de las áreas técnicas, lo cual conduce rápidamente a situaciones desastrosas.

INDIFERENCIA. Es importante que el miembro de una organización se sienta comprometido no sólo con las reglas de ésta, sino también con sus objetivos (o su “misión”) y con los resultados de su funcionamiento. Es descorazonador comprobar que al funcionario que nos atiende (un administrativo, un médico, un policía) le trae sin cuidado nuestro caso, sea porque ha visto muchos, porque los ha visto peores o porque “es lo que hay” y “qué quiere que le haga yo”. Este funcionario no tiene por qué ser deshonesto o incompetente; simplemente se desentiende de un estado de cosas del que no se siente responsable y se justifica cumpliendo con los deberes de su función particular. Indiferencia es resignación y adaptación a lo que está mal, trátese de un servicio ineficiente o de toda una sociedad en crisis.

ABUSO DE PODER. En una democracia, el poder sólo reside en la ley. Los agentes de lo público son servidores de la ley y, por tanto, su cargo no les da poder sino, al contrario, les impone una responsabilidad a la que los ciudadanos pueden apelar cuando haga falta. Sin embargo, cuídese usted (al menos en España) de recordarle sus obligaciones a un funcionario, si quiere que su asunto salga adelante. Nótese que la confusión de las facultades de un cargo con el poder personal se produce tanto en el agente como en el ciudadano, que da por sentado que el primero puede “arreglar” cosas pasando por encima de los impedimentos legales. De esta manera, el sistema parece tener una pauta doble: por un lado, la red de influencias personales y, por otra, el marco legal. Afortunadamente, se ha visto últimamente a alguno de estos personajes feudales ver liquidados sus supuestos privilegios por la supremacía efectiva del ordenamiento jurídico.

Es importante aclarar que estas anomalías pueden darse por separado o combinadas en diferentes dosis. Hay tecnócratas honrados e indiferentes, hay estafadores muy bien preparados, y hay apóstoles de los pobres que conjuntan perfectamente su entrega a la noble causa con estupidez y falta de sentido común, por no mencionar arrogancia y arbitrariedad.

El lector sabrá juzgar si estos apuntes andan muy descaminados o no, si se generaliza injustificadamente o si realmente se perfilan mecanismos significativos. Lo que se ha intentado, en todo caso, es llevar el debate sobre la corrupción más allá de esa mirada superficial que trata como perversiones personales lo que en realidad son signos de una democracia subdesarrollada y necesitada de autocrítica.

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Progreso y Orden

En la conciencia política de los países democráticamente subdesarrollados prevalece la noción maniquea de que la lucha en torno al progreso es un enfrentamiento entre héroes de izquierdas y villanos de derechas. Propongo una interpretación alternativa.

No es difícil entender la diferencia entre lo que necesitamos para vivir dignamente y lo que necesitamos para vivir, a secas. Para una vida digna es condición necesaria la existencia puramente biológica. Usted puede vivir sin saber leer ni escribir, pero no puede vivir sin comer. Es filosóficamente interesante el hecho de que el valor más elevado esté en realidad (objetivamente) subordinado al valor inferior. En política esto se manifiesta en un aspecto importante: la estabilidad del orden socio-político es más fundamental que los valores de la vida digna (clásicamente: igualdad, libertad y justicia).

Sobre la base de lo anterior podemos razonar del siguiente modo.

1) Una sociedad no puede existir sin orden, pero puede existir (y así ha sido tristemente durante la mayor parte de la historia humana) sin justicia o sin igualdad.

2) Las formas de ordenar y gobernar una sociedad son muy diversas, y pueden dejar más o menos sitio al desarrollo de aquellos valores, siendo la democracia el sistema ideal, ya que no sólo los tolera sino que los promueve.

3) Ahora bien, la democracia es comparativamente un orden débil, por lo cual las pugnas políticas en torno al progreso de la dignidad pueden poner en riesgo ese orden.

4) Si el orden es afectado gravemente, el principio de supremacía indicado determinará que su restablecimiento se convierta en prioridad por encima de cualquier otra cosa, postergando o lesionando seriamente aquellos ideales.

En la historia son muchos los casos en los que un periodo más o menos democrático se desestabiliza a causa de una actividad política que atiende al progreso ignorando el orden, negligencia que termina desembocando en algún tipo de autocracia (la 2ª República española o el Chile de Allende son buenos ejemplos). Es aleccionador el hecho de que en ambas situaciones hubiera personas que habiendo simpatizado con las corrientes de cambio terminaron por aceptar la dictadura. Para ellos, la inseguridad extrema fue menos tolerable que la pérdida de libertades.

Por todo lo anterior, se hace obvio lo siguiente: las políticas de progreso social gestionadas de manera irresponsable alimentan la necesidad de orden y, en consecuencia, acaban por debilitar los valores que intentan promover.

De manera esquemática, el drama político de las democracias subdesarrolladas puede describirse como sigue. Las izquierdas serias (v.g., algunas socialdemocracias) consiguen impulsar el progreso sin desatender la estabilidad; dicho de otro modo, aventajan a la derecha al defender tanto el valor básico (el orden) como los valores superiores (libertad, igualdad, justicia). La derecha, por su parte, ofrece orden y se limita a abogar por la parte conservadora en los debates sobre el progreso social. Las izquierdas infantiles, por su parte, enardecen el debate y lesionan el orden sin obtener ningún logro positivo (salvo, en el caso de la izquierda revolucionaria, la quiebra del “sistema”), con lo cual dejan la puerta abierta no simplemente a la derecha, sino a la derecha más extrema.

Por lo tanto, es muy estúpido alegrarse ante una gran crisis política sólo porque se piensa que desaparecerán los malos. Porque lo que puede ocurrir es que “los malos” salgan de ella fortalecidos y que lo que desaparezca sean derechos y libertades que creíamos aseguradas.

ALLENDE

El oficio de pactar

Al político le resulta más cómodo gobernar con mayoría. Pero en un sistema parlamentario (o sea, no presidencialista) se piensa en una asamblea plural en la que cada fuerza haga valer sus ideas en la medida determinada por los votantes. La actual coyuntura política en España está poniendo a prueba las oxidadas o precarias competencias dialécticas y lógicas de nuestros políticos; la falta de práctica es evidente.

Desde el punto de vista dialéctico (esto es, relativo al debate como interacción), siempre dará mejores resultados un debate entre perspectivas múltiples que un debate entre sólo dos o tres posiciones, por la sencilla razón de que habrá más contribuciones tanto en el plano de la información (el conocimiento de los participantes se suma) como en el de la crítica (hay más inteligencias capaces de captar relaciones lógicas, de hacer deducciones o de detectar fallos). Pero esto sólo es posible si los agentes de estas perspectivas son individuos racionales. Y ser racional no es sólo cuestión de inteligencia y conocimiento (que desde luego nunca vienen mal), sino sobre todo de actitud. La persona más culta e inteligente puede ser obcecada, sorda ante las opiniones ajenas, prejuiciosa, etc.; y el individuo más sencillo puede ser un excelente dialéctico sólo por ser capaz de escuchar y hacer preguntas oportunas ­–la única virtud que se atribuía Sócrates, por cierto.

Sobre el modelo de un pacto de dos partes, pueden proponerse las siguientes normas de buenas prácticas:

  • No vetar interlocutores. En la fase de pactos muchos se apresuran a determinar ciertas exclusiones, declarando con quien no se va a pactar en ningún caso. En un contexto democrático, es muy mala señal que haya partidos que corten la comunicación con otros (aparte de los insultos) y los votantes deben tomar buena nota de ello. Los políticos deben evaluar cuidadosamente e informar de las razones por las que ocasionan esa merma de calidad al sistema.
  • Elaborar meditadamente un programa común. Deben compararse los programas para ubicar: 1- los puntos similares en los dos programas, 2- los puntos aceptables (que están sólo en uno de los dos, pero que la otra parte considera incluibles en el suyo), 3- Los puntos rechazables (están en uno de los dos y la otra parte se niega a incluirlo en el programa común). Deben hacerse los debates necesarios para asegurarse de que se entiende bien lo que se acepta o se rechaza, haciendo esfuerzos para maximizar lo primero y minimizar lo segundo.
  • Priorizar. Cuando se tiene mayoría se aspira a la realización total del programa, pero cuando se gobierna en pacto se trata de fijar unos mínimos de participación en el programa común. Para ello es indispensable establecer prioridades, pues obviamente preferimos que se incluyan los puntos que consideramos más importantes. Suele intentarse hacer concesiones en puntos de menor importancia a cambio de ventajas en los asuntos principales. Es una jugada legítima pero que no engaña a nadie si hay mucha diferencia entre lo que se cede y lo que se pretende; sin embargo, en la zona media de la tabla de prioridades hay un espacio de negociación interesante.

Quizá la mayor ventaja de hacer un análisis como este es evitar pérdidas de tiempo a personas y organizaciones si se detectan rápidamente incompatibilidades insalvables.

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Tweet sobre libertad de expresión

Otra vez malgastando libertad de expresión en bobadas. Supongo que la libertad de expresión se constituyó en derecho pensando en cosas como las ideas de Galileo o Darwin, no en la ineptitud de humoristas que por no saber conseguir la sonrisa inteligente se conforman con producir la mueca escandalizada.

Acabaremos pidiendo una especie de nueva Inquisición que calle a los idiotas.

Fracasos y triunfos de la izquierda

Los mayores fracasos de la izquierda son estas revoluciones tiránicas que algunos fanáticos tratan de presentar como triunfos, a base de negar la realidad. Los enemigos de la izquierda se aprovechan de estos casos para decir que ese es el destino necesario de estas políticas, llegando a afirmar incluso que ese resultado es intencional.

Otra forma de fracaso, menos dramática, es el caos que se produce cuando un gobierno “progresista” decide reformarlo todo al mismo tiempo, desde la religión hasta el nombre de las cosas. El resultado invariable de estos esfuerzos de “cambio” es una vuelta y fortalecimiento de las políticas antagónicas de la derecha (no siempre dentro del marco de la democracia).

¿Triunfa la izquierda alguna vez? Claro, si así no fuera no contaríamos con las libertades y derechos que tenemos hoy en día, al menos en algunos países. La izquierda triunfa siempre que consigue avances de la justicia sin hacer descarrilar el orden social y político.

Nadie puede vivir en el desorden. Cuando se llega al caos, la gente está dispuesta a entregar libertades y derechos con tal de recuperar alguna forma de normalidad. Cuando todo es confusión, las viejas tradiciones e instituciones recuperan su poder como asidero y referencia. Vuelve a ser la hora de la derecha.

Necesitamos una izquierda prudente, que entienda que los únicos progresos ESTABLES se consiguen a través de la política democrática, y que no hay política democrática si se niega el diálogo a ciertos sectores políticos y sociales. Si usted es político de izquierdas y su país tiende a la derecha, mala suerte, tendrá que encontrar una manera mejor de hacerse oír que el insulto y el escrache.

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Otra de militares

El ministro de la Defensa fue interrogado sobre el “papel” que jugarían los militares en caso de una declaración de independencia en Cataluña. El periodismo español suele hacer preguntas burdas para provocar respuestas escandalosas, método que suele funcionar con los políticos torpes. Su respuesta fue:

“Cada uno tiene que cumplir su deber, las Fuerzas Armadas, los gobernantes y los gobernados, y si todo el mundo cumple con su deber le aseguro que no hará falta ningún tipo de actuación como la que usted está planteando”.

Esta declaración, aunque elude entrar en materia, fue interpretada como una amenaza encubierta y sirvió para que muchos cayeran en cuenta de que los militares existen y de que su existencia es algo de lo que hay que tomar nota cuando se habla de cosas como la independencia de una parte de España. En otra entrada ya comenté este hecho que, aunque evidente, por alguna razón todos se empeñan en pasar por alto. Cierto es que no vemos militares por las tertulias contándonos lo que piensan, pero no cuesta mucho comprender, además de su existencia, sus motivaciones básicas respecto a este problema. Se pueden resumir así:

  • Oficio. Los militares españoles conforman una institución cuya razón de ser es la defensa y el servicio de eso que a algunos les suena tan mal: la nación española. En realidad no tiene nada de raro; a eso se dedican todos los militares del mundo desde que existen las naciones tal como las conocemos.
  • Tradición. La vinculación de la idea de España con el espacio geográfico que el mundo entero conoce bajo ese nombre no es un invento de hace dos días. Y la institución militar es, claro está, parte importante de una larga historia que transcurre sobre esa referencia.
  • Legitimidad. A lo anterior se suma el hecho de que la Constitución no sólo autoriza, sino que obliga a los militares a hacer lo que se señala en el primer punto.
  • Compromiso. Huelga decir que estamos hablando de una profesión de alto riesgo. Es de suponer por tanto que cada militar se toma los argumentos anteriores bastante en serio, puesto que se juega la vida por ellos.

El gobierno no debe, por razones éticas y políticas, amenazar a nadie, pero quienes se proponen un proyecto como la independencia no pueden ser ingenuos y tienen que ser capaces de captar a qué se enfrentan. A la pregunta del principio el ministro podía responder simplemente diciendo que el papel de los militares está y estará subordinado al poder civil, sometido a su vez al mandato de la ley. Con esta perogrullada evitaría, por un lado, ventilar públicamente el detalle técnico de cómo sería el procedimiento policial y militar a seguir “en caso de una declaración unilateral de independencia” y, por otra parte, negaría implícitamente que los militares puedan tener alguna iniciativa propia en esa circunstancia.

Pero esto no es cuestión de corrección política. Sin importar que el tono político sea conciliador o amenazante, los militares son un factor real, como también lo es la posibilidad de que tengan que jugar algún papel en esta crisis separatista, ya sea  apegados a la legalidad o, Dios nos libre, por cuenta propia.

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Avatares de una misma estupidez

Un problema fundamental de la conciencia política en España es la ceguera para los matices. Parece que el país se compone de dos bandos: los héroes y los villanos (dos bandos que además coinciden exactamente con las dos únicas categorías políticas que el español entiende: la izquierda y la derecha). Las cosas son más complicadas; hay mucho pícaro en el lado de los héroes y mucha gente honrada entre los supuestos miserables, y tenemos la obligación moral de hacer esa distinción en cada caso. El espacio de libertad que se abre con la Segunda República no se pierde sólo por la reacción de los “malos”, sino también por la concurrencia de ambiciones, resentimientos e intransigencias que no sirvieron para otra cosa que preparar el terreno a la dictadura. Hoy volvemos a tener una oportunidad histórica de superar tanta corrupción e injusticia, pero ya empezamos a ver los síntomas de un desmadre cuya raíz se halla en ese maniqueísmo infantil. Si sigue subiendo la temperatura emocional y no hacemos un esfuerzo por ser más críticos y sensatos, vamos sin duda hacia un nuevo período de desgracia.